¿Qué pasaría si Trump deportara a todos los inmigrantes indocumentados?

di Barbara Meo-Evoli

Un viaje en las cocinas de los restaurantes de Nueva York para entender cómo viven los latinos sin permiso de trabajo

Flatbush, una zona en donde residen muchos inmigrantes caribeños y latinos_R

El olor a comida fresca en preparación y la música ranchera que sale de la cocina acarician a los sentidos de los clientes que pasan la puerta de uno de los restaurantes de Brooklyn en Nueva York. La comida es deliciosa, preparada por manos meticulosas, atentas a los detalles y discretas.

Los clientes piden a menudo hablar con el chef para que les recomiende un plato o para agradecerlo personalmente por el placer que disfrutaron sus paladares pero el equipo que trabaja en la cocina nunca sale a la sala. Los trabajadores de la cocina de este como de numerosísimos otros restaurantes de Nueva York son inmigrantes indocumentados procedentes de Méjico y Centroamérica, serios, cumplidores y esquivos.

Según el último informe de Pew Research Center de 2016, los inmigrantes sin papeles en los Estados Unidos serían 11,1 millones y esa cifra se habría mantenido constante en los últimos seis años. Por su lado, el jefe de la Administración de la Seguridad Social, Stephen Goss, estimó en 2014 que los indocumentados que trabajan en Estados Unidos generarían una contribución neta de 13,000 millones al fondo de Seguridad Social pero que solo una ínfima parte de ese monto (1,000 millones) volvería a ser destinada a ellos. Esta incongruencia deriva de la práctica de muchos empleadores de contratar a inmigrantes con tarjetas de seguro social y Green card falsas, lo que implica el pago de los impuestos para contribuir al fondo de Seguridad Social.

“Trabajo 8 horas al días por cuatro días a la semana y 13 horas por dos días” cuenta Francisco[1], 30 años, que vive desde hace 15 años sin papeles en Estados Unidos. Él, como muchos otros inmigrantes en Nueva York, trabaja en negro en un restaurante y ha trabajado anteriormente en la construcción, dos sectores de actividad en donde, en las zonas urbanas, es contratada masivamente mano de obra indocumentada con un costo menor respecto al de los trabajadores norteamericanos. Asimismo en el campo, los inmigrantes no autorizados, según lo estimado por el Departamento del Trabajo, representarían la mitad de la fuerza laboral, mientras que, según la industria agrícola, más del 75%. Si la administración Trump deportara a todos esos trabajadores del sector de la restauración, construcción y agricultura, ¿quiénes los remplazarían? ¿Los norteamericanos estarían dispuestos a asumir esas pautas duras, cansonas y a cumplir con horarios nocturnos?

“Es duro vivir lejos de su familia sin tener la posibilidad de devolverse a su país – afirma Francisco con la mirada firme pero cansada mientras frota una sartén -. Uno vive con la nostalgia de los colores, sabores, notas y palabras de su tierra, trabajando duro para ahorrar, muchas más horas de lo establecido por la ley y, al final de su vida, regresar a su país de origen con un pequeño capital, montar un negocio y morir allá donde uno nació”.

Muchos de los inmigrantes de Centroamérica y Méjico llegaron a suelo estadounidense por tierra cruzando la frontera a pie, otros llegaron por avión y decidieron quedarse más de lo permitido por la visa.

“En 2001 tuve que pagar 5 mil dólares a una mafia que organizaba los viajes de Ciudad de Guatemala hasta Tucson. Pedí prestado este dinero y luego lo devolví trabajando como un esclavo en EEUU – relata como si hubiese pasado ayer -. Fueron cuatro días y noches en el desierto, durmiendo dos horas por día con ajo en los pies para alejar a las víboras. El desierto está lleno de esqueletos de gente que se muere en el recorrido por extraviarse, por falta de agua y de comida o por las picadas de las serpientes”.

Si Francisco trabajara solo 5 días a la semana, pero en la realidad trabaja más, viviría cerca del umbral de pobreza, calculando el ingreso mínimo mensual para una familia compuesta por una persona en 1,832$. “Nadie alcanza el ‘sueño americano’ – explica tomándose una cerveza ofrecida por el dueño del restaurante al final del trabajo -. Nosotros los inmigrantes estamos conscientes que no tendremos una vida mejor, ya que la realización de este sueño es reservada a los norteamericanos blancos que nacieron aquí”.

Bronx, borough where live inmigrants

Según José, 50, un mejicano blanco de ojos verdes, que ha trabajado durante 20 años en la restauración en EEUU, el ‘sueño americano’ es una ilusión también para los inmigrantes que lograron obtener los papeles como él. “Un mesero en un casino en Las Vegas gana por encima del umbral de pobreza – relata – pero al final del mes no le queda nada ya que el sistema está hecho para que uno gaste todo lo que gana, y hasta se endeude, en esta misma ciudad. Es un círculo vicioso, empiezas a gastar y sigues gastando y no paras más”, concluye terminando de aspirar por la pajita de su Coca cola.

En los últimos meses los trabajadores latinos de las cocinas de Nueva York han estado más nerviosos que de costumbre, han vivido en la angustia que nuevas medidas migratorias radicales fueran tomadas por el gobierno de Donald Trump después de su toma de posesión. Los 50 consulados de Méjico en EEUU fueron tomados de asalto y muchos mejicanos han decidido devolverse espontáneamente a su país para no vivir en la incertidumbre diaria generada por el riesgo de la deportación.

En este sentido, el magnate inmobiliario había anunciado en su campaña presidencial, no solamente la deportación masiva de indocumentados, sino también la construcción de un muro en la frontera con Méjico para evitar la entrada de los que definió “bad hombres”. Para lograr el objetivo de enviar los indocumentados a su país de origen, la administración de Trump había previsto aumentar el número de oficiales de la policía migratoria (ICE), imponer la cooperación de la policía local con la migratoria y ampliar las condiciones de elegibilidad para la deportación.

Aunque las organizaciones de defensa de los inmigrantes como Make the Road New York, Legal Aid, United We Dream y New York Immigration Coalition hayan alertado sobre el posible recrudecimiento de las redadas ejecutadas en febrero en Nueva York, Los Angeles, Carolina del Norte, del Sur, Atlanta y Chicago, en este primer trimestre de 2017, según el periódico The Guardian, no se ha registrado un aumento de las deportaciones. De hecho, según datos del Departamento de Seguridad Nacional, los ocho años de la presidencia de Barack Obama fueron la temporada en que se expulsaron más personas en los últimos treinta años. Por otro lado hay que tener en cuenta que las deportaciones masivas vaticinadas en su campaña por Trump tienen un costo económico elevado: según el think thank America Action Forum, costarían más de 300 billones de dólares y afectarían de forma relevante al presupuesto nacional.

“Pasamos nuestra vida entre la cocina del restaurante y la casa – afirma Felipe, con la mirada de quién aprendió a desconfiar de todos, 40 años, mejicano con 18 años sin papeles en el país -. Preferimos no arriesgarnos mucho tiempo en espacios públicos para evitar enfrentarnos a ‘La migra’ (los temidos agentes del Servicio de Inmigración y Aduanas) pero últimamente redoblamos nuestras medidas de prevención porque hubo varios casos de redadas en las mismas casas de varios indocumentados en Staten Island. Hay gente que tiene miedo hasta de mandar sus hijos a la escuela”.

Staten Island, borough where live many inmigrants

Del horno a leña sale una pizza fina y crujiente adornada con mozzarella de bufala procedente de Nápoles y prosciutto, una de las preferidas de los clientes del restaurante italiano ubicado en el West Village en Manhattan. El hombre que, con la pala de acero, saca el disco precioso y lo pone en el mesón antes de ser servido es originario de Puebla en Méjico. “En las cocinas de los restaurantes italianos ya casi no trabajan italianos” admite Antonio, el mánager italiano que trabaja en la restauración desde cuando llegó hace 20 años a NY.

“Los cocineros latinos aceptan trabajar hasta más tarde y cobran menos de la mitad de los italianos – detalla quien ha visto volverse siempre más competitivo este sector -. Para los restaurantes hoy en día se hace cuesta arriba obtener el 30% de ganancia contratando a cocineros italianos con papeles. Para poder emplearlos habría que subir los precios de la comida a la venta y eso implicaría probablemente la quiebra del restaurante. Si deportaran a los mejicanos no sé cómo haríamos…!”. Así que, por un lado, el sistema productivo de EEUU, considerado el más exitoso del mundo por la mayoría de los medios mainstream, se sustenta en la mano de obra barata de los indocumentados, por el otro, sus representantes políticos, mantienen un discurso público centrado en la reducción drástica de la inmigración que el mismo sistema económico alimenta.

[1] Todos los nombres adoptados son de fantasía para proteger a los entrevistados.

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